six-feet-under-florencia-casabella

Serie para ver: Six feet under

Arrancó el 2020 y es una buena oportunidad para empezar a ver una serie nueva. En esta ocasión, quiero recomendarles mi serie de televisión preferida, una serie que marcó para mí un antes y un después y cuyo final (que por supuesto no les voy a spoilear) me sigue emocionando hasta el día de hoy.

Se llama “Six feet under” (Seis pies bajo tierra) y fue escrita y producida por Alan Ball y transmitida desde el 2001 hasta el 2005. Recibió numerosos premios y fue reconocida por los críticos como una de las mejores series de la historia de la televisión.

La serie relata la historia y vida de la familia Fisher, dueña de una funeraria que lleva su nombre y que fuera fundada por el padre de la familia, cuya muerte inaugura la primera temporada. Nate, el hijo mayor de los Fisher, llega a Los Ángeles para pasar Navidad con su familia y conoce en el aeropuerto a una joven con quien tiene un encuentro sexual en medio del cual recibe el llamado de su hermano, anunciando la muerte de su padre.

Cada capítulo de la serie (especialmente en las primeras temporadas) se abre con la muerte de alguien que será velado en la funeraria Fisher y la dinámica disfuncional familiar acontece alrededor de cada nuevo “cadáver”.

La muerte de los seres queridos es abordada con sutileza, humor y elegancia y la serie propone una estética de la vida y la muerte que lleva al espectador a una identificación con los personajes (que son retratados como personas) y con sus emociones y pensamientos, con una propuesta que muestra en numerosas escenas, y a lo largo de toda la serie, cómo cada quien se piensa actuando y hablando y cómo efectivamente actúa, dando cuenta de la enorme contradicción que nos habita.

Uno de los grandes descubrimientos freudianos, que sigue vigente en la clínica psicoanalítica actual, es el de la pulsión de muerte y la tendencia del aparato psíquico a volver a un estado de homeostasis inicial y equilibrio absoluto, que es contrarrestado por el acto mismo de vivir, que sólo cobra sentido frente a la evidencia de que la muerte está al final del recorrido. “Es que la muerte está tan segura de vencer, que nos da toda una vida de ventaja”, versa La Renga.

“Six feet under” es una propuesta encantadora cuya filosofía se resume en un diálogo entre dos personajes ante la muerte de un ser querido: “¿Por qué tiene que morir la gente?” “Para que la vida sea importante. Nadie sabe cuánto le queda y por eso cada día debe ser fundamental”.

Imagen fuente: britannica.com

como-prevenir-la-obesidad-infantil

Cómo intervenir para prevenir la obesidad infantil

  • Es fundamental que la madre interprete y dé significación al pedido de su hijx, pero es necesario transmitir el concepto de que, una vez satisfecha la necesidad básica, el niño requiere afecto expresado en caricias, besos y sobre todo, palabras. Esto permitirá que no confunda los momentos en que siente hambre, con aquellos en que otra sensación le genera displacer o malestar.
  • Es importante que la madre no lo alimente ante cada momento de llanto, frustración o angustia, reemplazando el alimento por palabras, y al mismo tiempo permitiendo que exprese sus sentimientos. Se da frecuentemente la situación de ver a las madres tranquilizar a su hijx colocándolx al pecho ante cada circunstancia. Esto genera en muchos casos también trastornos del sueño, dado que, en la etapa en que el lactante transcurre la angustia del octavo mes (descripta por Spitz), comienza a despertarse varias veces durante la noche, ya que necesita el contacto con su madre, pero recibe además, por añadidura, la oferta del alimento.
  • Considero importante también recomendar a las madres, cuando el niñx comienza a alimentarse con semisólidos, permitir la participación activa del niñx, que pueda experimentar con sus propias manos las distintas texturas y consistencias de los alimentos. En esa etapa de la vida,donde se está constituyendo el espacio interior y exterior, el niñx introducirá y luego sacará de su boca repetidamente el alimento con esta finalidad.
  • El horario de la alimentación no debe extenderse indefinidamente ni confundirse con el juego.
  • Se debe evitar también el uso de los alimentos como premios o castigos ante determinadas conductas, o en el mismo sentido, premiar al niñx cuando come adecuadamente según la exigencia materna. De los hábitos alimentarios dela familia, podremos inferir los del niñx.

Lo invito a leer mi artículo completo sobre cómo intervenir para prevenir la obesidad infantil en el siguiente link:

https://www.academia.edu/40264718/Enfoque_Cl%C3%ADnico-Psicoanal%C3%ADtico_de_la_Obesidad_Infantil_Consideraciones_Generales

trastornos-lenguaje-primera-infancia

Trastornos del lenguaje de la primera infancia

El lunes se publicó en Infobae una nota sobre los trastornos del lenguaje en la primera infancia que hace referencia a seis señales de alerta que deben tener los padres para consultar con un especialista.

En los últimos años, ha habido un incremental avance en el diagnóstico de trastornos específicos del lenguaje que a su vez se asocia cada vez más a la exposición a pantallas tanto de parte de los niños como de los adultos responsables de sus cuidados. Por mi parte, coincido en que este fenómeno de la época impacta en el desarrollo y que es, al menos, un modo nuevo y diferente de tomar contacto con las palabras y con el juego que afecta, indudablemente, a la adquisición del lenguaje y al uso del diálogo como forma de comunicación.

Sin embargo, habitualmente llama mi atención que el lenguaje se circunscriba únicamente al aprendizaje de las palabras y el escaso registro de la comunicación más allá de la lengua oral. Muchas veces escucho a padres y madres preocupados porque su pequeño no habla, pero al momento de conocer al niño percibo que, si bien aún no ha adquirido un amplio vocabulario, se expresa y comunica de múltiples formas y está pronto a adquirir el habla con alguna pequeña orientación hacia los padres. Una de las primeras cuestiones que aparece cuando indago un poco acerca de la vida diaria de cada niño es que sus padres son de pocas palabras y que en el ámbito del hogar se habla poco.

Ante esto, una primera orientación es la de hablarle a cada pequeño desde los primeros momentos de vida y anticiparle oralmente lo que está por ocurrir o lo que se está haciendo en ese momento. Por ejemplo, contarle a un niño cuál será su rutina ese día, nombrar los alimentos que ingiere, los colores que está viendo, los juguetes con los que está jugando, los animales que cruza en la calle, etcétera. El lenguaje es, no sólo un medio para la comunicación social sino también aquello con lo cual el niño percibe y aprehende el mundo.

La adquisición del lenguaje en la primera infancia está directamente en relación al hecho de que la madre (esa función de los primeros cuidados fundamentales) supone en el pequeño siempre un sujeto hablante (aún en los primeros meses de vida). Tal es así que es común oír a la madre hablarle al bebé para calmarlo cuando llora, interpretando su llanto con frases del estilo: “ya estará tu mamadera”, “ya viene papá”, “¿qué te pasa?” “¿te duele la panza?”. Es decir, la madre le habla al recién nacido y al lactante porque supone en ese llanto, en ese balbuceo, un decir y en el mismo acto en que interpreta ese decir con palabras, introduce el lenguaje en el sujeto. La comunicación (mucho antes que la adquisición del lenguaje) constituye la base para la interacción social en el ser humano. El acto de la alimentación (ese acto que establece el primer lazo social del niño con la madre, o con aquel que encarna esa función) es un acto fundante del aparato psíquico, se constituye como la primera vivencia de satisfacción para el niño en tanto y en cuanto, en esa llegada al mundo, la primera vivencia de displacer en el cuerpo (ese estímulo tan interior como exterior para el niño que es el hambre) es cancelado por el acto de la alimentación que ejerce la madre, el Otro de los primeros cuidados.
La particularidad de la alimentación del cachorro humano radica, en principio, en la prematurez del lactante para alimentarse por sus propios medios (al punto tal que de no ser asistido por su madre moriría) y, por otro lado, en que el acto alimentario de la madre es acompañado de otros signos que sientan las bases de la primera comunicación: la voz de la madre, su mirada, su calor, los latidos de su corazón, su olor. Los ruidos del ambiente, los olores del hogar, todos esos estímulos conforman esa primera vivencia de satisfacción y, por lo tanto, la alucinación posterior del lactante que revive en el aparato psíquico esa primera vivencia de satisfacción no sólo despierta esos primeros registros, sino que también puede ser despertada por ellos (es decir, el hambre en el lactante despierta no sólo por un estímulo fisiológico sino también por el contacto piel con piel con la madre, su mirada, etcétera).

En este sentido es habitual oír a las madres decir que, de sólo mirarlo dormir, el pequeño despierta, tanto como que en sus brazos pide el alimento mucho antes de la hora en que lo necesitaría.

Considero que un modo de trabajar en la adquisición del lenguaje y de la comunicación desde los primeros momentos de vida del niño radica en operar sobre el vínculo entre la madre y su hijo, apostando a que la madre pueda establecer la comunicación con el niño a través de los gestos, a través de la mirada y a través de las palabras y pudiendo nombrar a ese niño, a ese pequeño, como un sujeto desde los comienzos. La suposición de un sujeto en ese niño por parte del otro materno, es condición de existencia para él.

necesidad-demanda-deseo-nido-vacio

El circuito de la necesidad, la demanda y el deseo

El cachorro humano es la única cría que al nacer presenta una indefensión total. La dependencia con otro que lo asista, lo alimente, y cuide de los peligros es completa, al punto de que si esto no es así, el recién nacido está condenado a morir. En el momento mismo del nacimiento, y en el primer contacto con el mundo extrauterino, el aire que ingresa por primera vez al aparato respiratorio, generará el primer y esperado grito como acto inaugural, que al mismo recién nacido lo asusta y le es desconocido. Llegado a este mundo plagado de estímulos, lejos del apacible y protector entorno acuoso que lo envolvía, todos estos estímulos provenientes del mundo que lo rodea le son hostiles, desagradables, desconocidos.

No hay todavía un adentro y afuera constituidos, solamente hay una homeostasis corporal, regida por el principio de placer/displacer, donde el displacer que rompe con ese equilibrio y desestabiliza el sistema, espera el cese de esa sensación para volver al punto inicial de homeostasis y con ella la sensación placentera y aliviada. Pero así como aparecen algunos estímulos externos de los cuales es posible escapar mediante un acto reflejo (por ejemplo retirar un miembro de una fuente de calor que está lesionando la piel), existen muchos otros de los cuales no es posible alejarse, entre ellos estímulos provenientes del mismo cuerpo, a los que Freud denominó pulsiones (hambre – sed – dolor).

El recién nacido necesita indefectiblemente de otro que apacigüe con alguna acción esa sensación displacentera. En general cuando hablamos de “otro”, nos referimos a la madre (biológica o el adulto sobre quien recaiga esa función materna) que, a través de sus intervenciones e interpretaciones, logrará morigerar ese displacer, aliviarlo, y convertirlo en placer.

La función dedicada al sostén del recién nacido es encarnada en la figura de la madre, quien satisface sus necesidades fisiológicas, alimentarias, de higiene, etc. Por otra parte, lo que caracteriza a la especie humana y resulta absolutamente imprescindible para la supervivencia es el lenguaje. Ante la mencionada indefensión del niño al nacer, lo que éste debe recibir fundamentalmente del otro para sobrevivir está en relación con la palabra, a través de la voz. Está comprobado en múltiples experiencias que los lactantes sometidos a una privación total del lenguaje, a pesar de tener las necesidades básicas para la vida satisfechas, sobrevivirán un breve tiempo y luego morirán. De lo anterior se desprende que la madre, en primer lugar, ante ese grito indiferenciado y desconocido del niño, responderá dándole un significado, transformándolo en un pedido, pero que ella misma descifrará y convertirá en significación. La palabra en la voz de la madre precede a la llegada del alimento.

Entonces la madre dirá: “tenes hambre”, “tenes sueño”, “tenes frío”, constituyendo con esto una demanda según sus propias interpretaciones y necesidades. Quedará así el niño alienado a esa demanda materna, que le reclamará que duerma, que coma o que beba.

Pero la madre, conjuntamente con el elemento necesario en relación con el orden fisiológico, debe ofrecer el afecto, expresado a través de las palabras. La satisfacción nunca es completa. Nunca el niño recibe del otro materno, la respuesta que satisfaga el pedido en su totalidad. Esa diferencia será el motor que determine la vuelta al pedido, al reclamo, y nuevamente la insatisfacción ante la respuesta recibida. Se instala así el circuito del deseo. Puede ocurrir que la madre responda sólo con el objeto de la necesidad, ofreciendo el alimento necesario para la supervivencia. En ocasiones el alimento es ofrecido como premio o consuelo ante un estado de angustia o llanto. Queda así taponado ese vacío necesario, que deja la respuesta insatisfactoria, y que será lo que genere el movimiento del próximo pedido. No queda allí lugar para el deseo, para seguir la búsqueda, para alojar al sujeto.

Otra posibilidad en este vínculo inicial madre-hijo está relacionada con la demanda materna. Ante el llanto del niño, la madre significa ese llanto otorgándole valor de pedido. Pero suele suceder que para algunas madres, el llanto siempre responde a la misma necesidad, que en general es alimentaria. Entonces todo pedido del niño se satisface con alimentos, confundiendo así las sensaciones, lo cual constituye en la mayoría de los casos el origen de muchas patologías, entre ellas múltiples trastornos alimentarios.

Tener un cuerpo: la dialéctica de la demanda y del deseo en las nuevas patologías del acto en la infancia

Para satisfacer lo que no puede ser satisfecho, a saber, el deseo de la madre, que en su fundamento es insaciable, el niño, por la vía que sea, toma el camino de hacerse el mismo objeto falaz. Este deseo que no puede ser saciado, es cuestión de engañarlo.

Seminario IV – Jacques Lacan

Los trastornos de la alimentación son una problemática actual que interesa al psicoanálisis en tanto se ubica dentro de las llamadas nuevas patologías del acto.Son conocidas con dicho nombre porque aquello que las caracteriza es el hecho de que no hay una mediación simbólica entre una representación psíquica conflictiva para un sujeto y el síntoma que este último produce como resolución del conflicto, sino un pasaje a la acción que parece rechazar toda relación al inconsciente.

Estas patologías no se nos presentan con un síntoma corporal que habla sino que parecen tomar un estatuto del cuerpo que rechaza la relación del inconsciente y por lo tanto se resisten a ser tomados por el dispositivo analítico.

En lo que respecta a la obesidad infantil, esta última es entendida como una de las enfermedades de la época por el hecho de que el índice de obesidad en los niños ha crecido considerablemente en los últimos años.

La obesidad infantil aparece como una pequeña adicción (a-dicción) en tanto y en cuanto la dificultad reside precisamente en la imposibilidad de que se establezca el circuito del deseo y de la demanda que permite forjar la hiancia para que se produzca la circulación de la palabra.

Las construcciones subjetivas de los obesos se asemejan a las de otros adictos en un punto crucial: el llenado permanente de la boca produce un taponamiento a la palabra. Ahora bien, ¿qué es lo que posibilita que el circuito del deseo y de la demanda se ponga en funcionamiento?

Al comienzo, un viviente (diremos así por el momento y no sujeto) se halla por entero en el campo de la necesidad. Para que alguien sepa de esa necesidad, es necesario pasar por el pedido, pedido de satisfacción de esa necesidad. El Otro materno será aquel que satisfará ese pedido, diremos, interpretando lo que a ese niño le pasa: por ejemplo, “ese niño tiene hambre”.

Aquello que Freud relata como la “primera vivencia de satisfacción” tiene que ver precisamente con aquel objeto que satisface la primera necesidad, que introduce la constitución y funcionamiento del aparato psíquico, pero que lo hace sólo a través de su inscripción como ausente, dado que es una vez perdido que pone en marcha un sistema de inscripciones en el aparato psíquico que buscarán reproducir esa vivencia. Frente a la primera satisfacción de la necesidad, la demanda deja de pertenecer al campo de la necesidad para pasar a constituirse así como demanda de amor.

La demanda de amor se caracteriza entonces por un pedido de incondicionalidad al Otro materno que, si se nos presenta también como un sujeto deseante, no podrá saciar. Es por esa hiancia entre la demanda de satisfacción de la necesidad y la demanda de amor que se va cavando el deseo como un resto que no se satisface.

La obesidad pone en evidencia (en una instancia patológica) la búsqueda incesante del sujeto por ese objeto perdido por estructura. En las “comilonas” voraces del obeso lo que se revela es la búsqueda, al fondo de cada una de sus comidas, del objeto de la necesidad. Lo que convierte a esta búsqueda en un callejón sin salida que la relanza una y otra vez es, precisamente, que el objeto de la necesidad está perdido por estructura y por ende es imposible de ser hallado.

La constitución del deseo se articula con una pregunta dirigida al Otro: “Che vuoi?” = “¿Qué quieres de mí?”. El sujeto, barrado desde el inicio por su inmersión en el lenguaje, pide algo y en ese pedir se dirige al Otro que tiene un grado de alteridad respecto del sujeto porque habla y porque interpreta lo que el sujeto pide. Este Otro (la madre, hablemos de funciones) interpreta aquello que el niño pide pero no da una respuesta que colme efectivamente la necesidad que suscita el pedido.

Es por ese punto de imposibilidad de satisfacción total de la necesidad que la madre se ve interpelada a decir “no” a ese pedido porque hay algo del orden de su propio deseo que traspasa ese término en que podría responder enteramente al pedido del sujeto. En el Otro, no hay un significante que pueda nombrar al deseo, porque el deseo no se articula en palabras. Esta falta es una falta estructural y estructurante. Es sólo por la vía de la castración en el Otro que opera la castración para el sujeto y es sólo por la vía de la castración que se habilita el circuito del deseo.

Para comprender esto también es importante comprender aquello que pasa a nivel de la constitución subjetiva y que tiene que ver con la función del Nombre del Padre en tanto significante. La operación que se produce en esta instancia es la metáfora paterna que tiene como efecto la significación fálica. De allí que el Nombre del Padre no sólo da significación a aquello que la madre desea (posibilitando al niño posicionarse en ese lugar, el falo) sino que simultáneamente corre al niño de dicho lugar a través de una doble prohibición: “no te acostarás con tu madre” (al niño) y “no reintegrarás tu producto” (a la madre).

Lacan relaciona el significante de la falta en el Otro con el falo simbólico. El Otro ya no permanece completo para el sujeto porque ha sido interpelado por la prohibición del padre y es por eso y desde allí que el sujeto se realiza la pregunta por el deseo. Cuando hablamos del sujeto como “sujeto del deseo”, nos referimos precisamente al sujetamiento del mismo al campo del deseo del Otro.

Esto tiene que ver con que el deseo es insatisfecho por estructura (y es necesario que así lo sea). El deseo está ligado a una falta del orden del tener o del orden del ser y es precisamente por ello que la salida que el sujeto encuentra como respuesta al deseo del Otro es por el orden del tener o por el orden del ser. ¿Qué pasa con la respuesta por el “orden del tener”? Para poder hablar de tener, podríamos pensar que es necesario entonces que entre en juego el falo como significante y como significación. Es a partir de aquí que puede jugarse el binarismo entre ser o no ser (que nos enseña Shakespeare en Hamlet), puesto que ser (el falo) cerrará las puertas a poder tenerlo, a la vez que a la inversa, si se tiene, no se es. Sin embargo, el sujeto debe poder perderse de ser el objeto que colma el deseo materno, puesto que podrá ubicarse en el circuito del deseo únicamente por la falta-en-ser.

¿Qué sucede, entonces, con esos niños que se nos revelan como cuerpos desbordados, barriles sin fondo en los que el alimento pareciera no colmar el hambre que los origina? Cuerpos obscenos que se muestran al otro en una suerte de exhibicionismo y que ponen en evidencia de un modo grosero que el cuerpo es un objeto a ser tomado por la libido para la satisfacción pulsional.

Retomando las palabras de Lacan, en la obesidad infantil el niño pareciera ofrecerse como objeto falaz que pretende engañar el deseo de la madre prestándose como un objeto a ser llenado, un objeto a ser colmado por el ofrecimiento de otros objetos que el niño no podrá rechazar (entre ellos, la madre misma ofrecida como objeto a ser comido). El cuerpo se ofrece a la madre no sólo como un objeto que la colmará sino también como un cuerpo dispuesto a expandirse más allá de los límites de lo orgánico en pos de saciar ese deseo voraz.

En el tratamiento de niños con esta patología se verifica un aplastamiento subjetivo por la demanda devoradora del Otro y, simultáneamente, una sujeción a esa demanda que consiste en el modo que han encontrado para vérselas con el deseo materno. Su posición de aparente dar y ofrecerse sin límites tiene su envés gozoso en llenarse y gratificarse también ilimitado.

Por otra parte, se trata de sujetos que se presentan en una posición donde el objeto oral no está latente y perdido promoviendo preguntas, sino que se encuentra permanentemente entre nosotros estorbando la posibilidad de instauración de la transferencia y de iniciación del tratamiento.

Cómo intervenir – Cómo prevenir Dra. Claudia Muente – Lic. Florencia Casabella

En relación a estas patologías, y su difícil control una vez instaladas, nada mejor que realizar acciones tendientes a prevenir las mismas desde lo más íntimo, el vínculo temprano que atañe a dos: madre e hijo desde los primeros días, ampliando luego estas acciones al resto de la familia, y luego la escuela, ámbito en el que transcurre gran parte de la vida del niño.

Es fundamental que la madre interprete y de significación al pedido de su hijo, pero es necesario transmitir el concepto de que, una vez satisfecha la necesidad básica, el niño requiere afecto expresado en caricias, besos y sobre todo palabras. Esto permitirá que no confunda los momentos en que siente hambre, con aquellos en que otra sensación le genera displacer o malestar. A tal efecto, es importante que la madre no lo alimente ante cada momento de llanto, frustración o angustia, reemplazando el alimento por palabras, y al mismo tiempo permitiendo que exprese sus sentimientos.

Se da frecuentemente la situación de ver a las madres tranquilizar a su hijo colocándolo al pecho ante cada circunstancia. Esto genera en muchos casos también trastornos del sueño, dado que, en la etapa en que el lactante transcurre la angustia del octavo mes (descripta por Spitz), comienza a despertarse varias veces durante la noche, ya que necesita el contacto con su madre, pero recibe además, por añadidura, la oferta del alimento.

Considero importante también recomendar a las madres, cuando el niño comienza a alimentarse con semisólidos, permitir la participación activa del niño, que pueda experimentar con sus propias manos las distintas texturas y consistencias de los alimentos. En esa etapa de la vida, donde se está constituyendo el espacio interior y exterior, el niño introducirá y luego sacará de su boca repetidamente el alimento con esta finalidad. El horario de la alimentación no debe extenderse indefinidamente ni confundirse con el juego. Se debe evitar también el uso de los alimentos como premios o castigos ante determinadas conductas, o en el mismo sentido, premiar al niño cuando come adecuadamente según la exigencia materna.

La atención interdisciplinaria del paciente, en un equipo comandado por el médico pediatra de cabecera será fundamental. Este último deberá contemplar no sólo el aspecto orgánico (solicitando todos los estudios complementarios e interconsultas que considere oportunos), sino también los aspectos inherentes a lo vincular, entre el niño y su madre, y el resto de la familia, detectando precozmente la calidad de los mismos, y realizando intervenciones tempranas y de carácter preventivo sobre dichos vínculos. Considerar al niño en su subjetividad, dirigirse a él, escuchar sus dichos, le ofrecerá una posibilidad de hablar, de ser escuchado, y así transformar sus conflictos infantiles en palabras.

Texto completo en Academia:

https://www.academia.edu/40264718/Enfoque_Cl%C3%ADnico-Psicoanal%C3%ADtico_de_la_Obesidad_Infantil_Consideraciones_Generales

ninio-jugando-poeta-freud

“Todo niño cuando juega, se comporta como un poeta”

Hace unos días, en una supervisión, conversaba con una analista de niños y ella me comentaba, con preocupación, que un paciente de cinco años no quería continuar con el análisis. Su pregunta era, entonces, qué estaba haciendo mal que un niño no la estaba pasando bien en el espacio de análisis, donde además sobraban propuestas de juego. Me sorprendió su inquietud dado que habitualmente un adulto no la pasa bien en sus sesiones de análisis o por lo menos un análisis no se trata de ir a pasarla bien sino, por el contrario y sujetos a la regla fundamental freudiana, en un análisis se trata de decir todo lo que al sujeto se le ocurre y no detenerse ante los puntos que ocasionan vergüenza, asco o moral. Y no creo que un análisis con niños deba ser diferente en este punto.
El jueves pasado, en el marco del curso de acompañamiento terapéutico con niños, fui invitada por Claudia Muente a dar una clase sobre el papel del juego en el trabajo con niños.
Pero quiero aprovechar para compartir una de las ideas fundamentales que trabajamos en esta clase. El año que viene se cumplen 100 años de la publicación de “Más allá del principio de placer”. En ese texto, Freud descubre que el juego es una actividad infantil que, por fuera de lo que se piensa, no tiende al placer sino todo lo contrario. En el juego el niño busca representar y actuar aquello que vivió pasivamente y simbolizar e inscribir experiencias de su vida que no necesariamente le deparan placer sino que, por el contrario, le provocan un displacer tal que requieren de ser simbolizadas a través del recurso privilegiado para el niño: el juego. Así es como vemos a los niños jugando a ser doctores que atienden pacientes enfermos, a la mamá que reta al hijo, a la maestra, etcétera.
Sabiamente, Melanie Klein enseña que en el juego, como en la asociación libre, debemos reparar en el punto que el niño se detiene como un punto del que evita seguir “hablando”.

Link al audio de la clase:

los-pajaros-hitchcock-flor-casabella

¿Por qué atacan los pájaros?

¿Por qué atacan los pájaros? Pueden ensayarse numerosas respuestas, no obstante, aclaro: nunca sabremos a ciencia cierta por qué atacan los pájaros.

El 18 de agosto de 1961, año en que Hitchcock comienza con la filmación de su película, millones de pájaros irrumpieron en los hogares de Bahía Monterrey. La misteriosa conducta de esas aves fue ocasionada por una sustancia venenosa que producían algunas algas marinas. En esta oportunidad, la invasión de los pájaros fue inofensiva: no hubo víctimas.

¿Cuál es la particularidad del ataque de los pájaros de Hitchcock? Atacan a las personas. ¿Qué personas? Cualquier persona. Niños, ancianos, mujeres y hombres. Nadie está a salvo de esa posibilidad en Bodega Bay. Con una particularidad: las aves de Hitchcock embisten a sus víctimas directamente sobre sus cabellos, sus rostros y sus ojos.

Una primera respuesta posible al ataque de los pájaros se encuentra en el tráiler del film. En él Hitchcock realiza una presentación irónica respecto de la “armoniosa” relación entre hombres y pájaros desde tiempos inmemorables. Recorre una habitación con numerosos objetos que dan cuenta del sometimiento de la especie (plumas para escribir, aves disecadas colgadas en la pared, sombreros decorados con plumas y para finalizar un pollo horneado que el director decide no comer durante la disertación). Al final del tráiler, irrumpe en la habitación Tippi Hedren (actriz protagonista del film) anunciando la llegada de los pájaros. La película, Los pájaros. Cierre de la presentación.

En su larga entrevista al director, Francois Truffaut dice: “seguramente las aves están hartas de ser capturadas y confinadas en jaulas y han decidido invertir los papeles”. A lo cual Hitchcock responde: “asunto aclarado, pasemos al siguiente film”. Al mejor estilo hitchcockiano (y por qué no, también, al mejor estilo lacaniano), la respuesta a la pregunta del interlocutor queda del lado del interlocutor. Nada dirá ni agregará al respecto. Del mismo modo, en otra ocasión un crítico le pregunta: “¿Es la película una visión de lo que será el Día del Juicio?”. Hitchcock dirá: “¿Cómo grupo? Sí, eran víctimas del Día del Juicio”. Otra vez, no agrega nada.

Robin Wood, uno de los más serios críticos de Hitchcock, advierte que Los pájaros tiene dos distracciones: 1) la relación madre-hijo que conduce a una interpretación errónea de una relación incestuosa (el mismísimo Hitchcock exacerba la posesividad de la madre respecto del hijo y su rechazo explícito hacia Melanie Daniels) y 2) la identificación de la audiencia con el personaje de Melanie Daniels, siendo que la verdadera identificación que a Hitchcock le interesaba era la de la audiencia con sus protagonistas: los pájaros. El crítico dice que hay tres respuestas inmediatas a la pregunta de por qué atacan los pájaros: 1) las aves se están vengando del hombre por el sometimiento que éste último ha ejercido sobre la especie; 2) los pájaros son enviados de Dios para castigar a la humanidad y sus vicios; 3) los pájaros expresan las tensiones entre los personajes y es por eso que los ataques se producen cada vez que alguna de esas tensiones se manifiesta.

Las tres respuestas son, según Wood, infundadas de acuerdo a los elementos que nos brinda el film.

Para el crítico, los pájaros encarnan lo arbitrario y lo impredecible de la existencia y advierten sobre la fragilidad del ser humano. En este punto, cada uno de los ataques del film es en sí mismo un ataque arbitrario y, por lo tanto, nada tiene que ver ni con las tensiones entre sus personajes ni con ninguna misión. El ataque de los pájaros vale por su carácter disruptivo y en todo caso no es el ataque lo que funda la estructura del film sino el modo en que cada uno de sus personajes responde a dicho ataque.

Este análisis me recuerda el modo en que desde el psicoanálisis se aborda la responsabilidad subjetiva y la posición del sujeto en la vida. Para el psicoanálisis, no se trata de las cosas que suceden o que le suceden al sujeto, sino que, en todo caso, un mismo suceso puede provocar una respuesta subjetiva diferente para cada sujeto. El modo en que cada sujeto responda a un suceso en particular estará determinado por la posición del sujeto en la vida. Así es como un evento que podría ser absolutamente intrascendente para alguien (como, por ejemplo, la finalización de una carrera universitaria) puede tener un efecto sumamente traumático para otra persona.

Esto me recuerda al primer capítulo de una famosa serie de televisión, en la que un adinerado hombre de familia líder de una mafia italiana toma el desayuno en su amplia cocina moderna y, envuelto en una bata y con un tazón de café con leche en la mano, se pierde a través del ventanal en una escena que transcurre en la piscina olímpica de su jardín: una comunidad de patos, que, en apariencia, lleva ya un tiempo viviendo allí, decide migrar hacia otra zona, abandonando el nido que hasta ese entonces Tony Soprano había gentilmente albergado para ellos, precipitando en el protagonista un primer ataque de pánico y una consulta con un analista.

En este sentido, la respuesta que cada personaje da, en la película de Hitchcock, al ataque de los pájaros, también es subjetiva.

Otra de las famosas interpretaciones del ataque de los pájaros ha sido la se Slavoj Zizek. En oposición a Robin Wood, el psicoanalista dirá que la única clave para entender los ataques de los pájaros son las relaciones entre los protagonistas. Allí los pájaros “encarnan en lo real una discordia entre sus personajes”. El autor realiza incluso una analogía entre los pájaros de Hitchcock y las plagas en la Tebas de Edipo: en ambas historias, el padre está ausente y ese vacío es aplastado por una figura materna súper avasallante que impide las relaciones normales entre Mitch y Melanie.

Por un lado, si bien es cierto que tenemos un Mitch un tanto condescendiente para con su madre también es cierto que es él quien atrae a Melanie Daniels hacia Bodega Bay. Zizek propone uno de los ejercicios más arriesgados para hacer a la hora de una segunda vuelta del film: consideremos ver Los pájaros sin los pájaros. ¿Cuál sería el resultado? Una típica comedia romántica norteamericana: un hombre soltero que vive en el lecho materno, incapaz de sentar cabeza, que conoce a una mujer que por enigmática capta su interés. Una niña capaz de evidenciar el costado sensible de ambos dos y un obstáculo para el desarrollo de ese amor. En este caso, una madre posesiva que a lo largo del film logra conmoverse con la fragilidad de esa mujer que hará de Mitch el hombre de su vida.

Sin embargo, “Los pájaros” tiene a los pájaros. Y no sólo tiene a los pájaros, sino que, además, son los pájaros los verdaderos protagonistas. El director dirá incluso que el film cuenta con algunos seres humanos de reparto.
Para Zizek, los pájaros tienen como función la de acentuar las relaciones del triángulo madre-hijo-mujer que ama. Esta apreciación me parece acertada pero incompleta dado que pienso que, si esa hubiese sido la función de los pájaros, entonces los pájaros podrían haber sido quitados del film. Si los pájaros están ahí, entonces sus ataques deben denotar otra cosa que esas tensiones.

Una tercera observación que produce una interpretación es la de Lee Edelman. El autor hace notar que los pájaros tienen una particular predilección por los niños. La verdadera esencia de los ataques está para Edelman en la primera irrupción en la fiesta de cumpleaños de Cathy y en la segunda irrupción, en la escuela de Bodega Bay. ¿Qué atacan los pájaros en los niños? Atacan el futuro, atacan la reproducción y la continuidad de la especie humana. ¿Cuál sería en este caso el móvil del crimen? La vuelta a las respuestas inmediatas que anticipaba Wood parece inevitable.

La hipótesis generalizada de los ciudadanos de Bodega Bay es evidente: los pájaros comienzan a atacar ante la llegada de Melanie Daniels. Con un detalle: Melanie Daniels no llega sola. Dos tórtolos la acompañan. Algunos fanáticos han llegado a decir que estos pájaros eran algo así como el chancho padre de Rebelión en la granja, comandando desde su jaula el ataque de los demás pájaros a la espera del fin de la especie humana y del rescate.

En esta perspectiva, podríamos decir que los pájaros atacan al deseo de una mujer y allí, como enseña la lógica lacaniana, el “de” admite dos acepciones: el genitivo objetivo (el deseo de Mitch por una mujer) y el genitivo subjetivo (el deseo de la propia mujer, Melanie Daniels, y el terror que despierta, en ocasiones, el enigma por lo femenino). Ahora bien y para concluir, ¿cuáles son los ataques de los pájaros? ¿Qué tienen todos ellos en común?

Lo que pareciera ser el primer ataque es el de una gaviota a Melanie Daniels en su viaje a Bodega Bay, justo cuando deja los tórtolos en la casa de Mitch. La gaviota se dirige directamente hacia su cabello y le picotea la frente.

A ello le continúa un evento que por extraño resulta incomprensible para la mismísima víctima del supuesto primer ataque: una vez ha decidido asistir a la fiesta de cumpleaños de Cathy, una gaviota cae muerta golpeando la puerta de la casa de Annie. ¿Son estos dos eventos ataques de los pájaros? ¿No se trata acaso de pequeñas pistas falsas que brinda el director al espectador?

Concretamente, ninguno de ambos episodios tiene la estructura del ataque tal y como se plantea luego a lo largo del film. En principio, la gaviota que ataca a Melanie Daniels se acerca y revolotea a su alrededor sola. Y se aleja una vez que la protagonista la espanta. El segundo episodio podría haber sido una perfecta contingencia.

¿Por qué se trataría de pistas falsas? El director utiliza los pájaros en esta ocasión para que el espectador ponga su atención en la protagonista del film, la verdadera víctima y culpable de que los ataques se produzcan. Y entonces todos los ataques del film serán desencadenados cada vez que Mitch avance sobre Melanie o Melanie sobre Mitch. Cada vez que Melanie y Mitch se acercan, un ataque se produce. La prolongación de la estadía de Melanie Daniels en Bodega Bay pareciera enfurecer cada vez más a los pájaros hasta acabar expulsándola definitivamente de allí.

Para finalizar, pongamos el ojo en los tres ataques que se producen en el siguiente orden a lo largo del film: el primero, el ataque a la Escuela de Bodega Bay; el segundo, el ataque a la gasolinera del pueblo; el tercero y último, el ataque a la casa de la familia Brenner.

¿Qué atacan los pájaros? Atacan las instituciones modernas. Atacan el símbolo del futuro, la institución educativa. Atacan el símbolo del progreso, la industria. Atacan el símbolo de la seguridad y la protección, la institución familiar. Los pájaros parecieran atacar al hombre moderno y todas sus garantías. ¿Y por qué atacan los pájaros? Porque atacan al deseo.

Les comparto el trailer para que puedan disfrutarlo (en inglés):

https://www.youtube.com/watch?v=ZGd_cmKuZ50

el-crimen-de-las-hermanas-papin-flor-casabella

Una lectura del crimen de las hermanas Papin

“Con perdón, sé lo que digo, soy Clara. Y estoy preparada. Estoy harta. Harta de ser la araña, la funda del paraguas, la monja siniestra, ¡sin dios y sin familia! Estoy harta de tener un hornillo en vez de altar. Soy la orgullosa, la podrida. Ante tus ojos también.”
“Las criadas” (1947) – Jean Genet

Es jueves 2 de febrero de 1933 en la ciudad de Le Mans.

El Sr. Lancelin intenta ingresar en su domicilio y no puede. Informa a la policía municipal para que fuerce la puerta de la casa y descubre a la Sra. Lancelin y a su hija horrorosamente asesinadas en el primer piso.

Arriba, agazapadas en una habitación bajo llave, las hermanas Léa y Christine Papin confiesan ser las autoras de un crimen que será uno de los más controvertidos sucesos del siglo XX.

Al día siguiente, dos artículos destacaban la portada de La Sarthe du soir. El encabezado principal anunciaba: La mayoría del pueblo alemán respalda a Adolf Hitler. Al costado, en un recuadro más estrecho versaba: Horrible crimen: La Sra. Lancelin y su hija Geneviève asesinadas por sus sirvientas.

Francia se dividirá en dos: una Francia popular reclamará venganza y el “cadalso” para las homicidas. La otra, la intelectual, apreciará el asesinato como un efecto de la diferencia de clases.

En palabras de Simone de Beauvoir, el crimen cometido es proporcional a un crimen invisible ejecutado por los amos. En un clima de interpretaciones y polémicas, producciones literarias, artísticas y cinematográficas, Jacques Lacan tomará la noticia y publicará en el número 3 de la revista Minotaure de diciembre de 1933: Motivos del crimen paranoico: El crimen de las hermanas Papin. El carácter repentino e inesperado del acto se evidencia en la escena: las víctimas no han podido siquiera sacarse los guantes. El motivo del crimen parece inhallable: según palabras de la mayor de las hermanas, el trato de sus patronas para con ellas era “irreprochable”. De un grupo al otro, “no se hablaban”, señalará Lacan.

¿Qué fue lo que ocurrió? Una plancha descompuesta hizo saltar los fusibles dejando la mansión a oscuras. La reacción de la señora de la casa frente a este episodio varía según el relato del interrogatorio. La versión que parece prevalecer entre todas es una cierta intención que Christine descubre en la mirada de su patrona.

“Quiere matarme”, piensa. Y ataca.

“Mire usted, prefiero que hayamos sido nosotras las que las despachamos a ellas y no ellas a nosotras”, dirá tiempo después. Lo cierto es que, en cuestión de segundos, se desata un crimen atroz: cada una de las hermanas salta sobre cada una de sus patronas. Primero, les sacan los ojos de sus órbitas cuando ambas aún estaban vivas. Seguidamente, destrozan sus cuerpos con objetos contundentes, un martillo y un jarrón de estaño.

Para concluir, toman un cuchillo de cocina y realizan una serie de cortes profundos en las extremidades de sus víctimas que denominarán, tiempo después, “enciselures”. Neologismo del cincelado de sus cuerpos y el embadurnamiento que realizarán con la sangre de cada una sobre el cuerpo de la otra.

Una vez finalizada la masacre, las hermanas limpian los instrumentos utilizados, se deshacen de sus prendas y se recuestan juntas en una cama de la habitación que compartían en el segundo piso para esperar la llegada de la policía. Lejos de resultar esclarecedor, en los testimonios de las hermanas no aparecía ningún elemento de resentimiento, maltrato o venganza sino que por el contrario aparecía una conformidad con el trato recibido por parte de la familia Lancelin.

Dos acontecimientos de importancia trazarán las coordenadas para una posible lectura del crimen cometido por Léa y Christine: por un lado, hacía ya tres años que habían roto todo tipo de contacto con Clémence, su madre. Las hermanas enviaban por correo a Clémence el total de sus salarios, cuestión que la Sra. Lancelin considera injusta por el excelente desempeño de sus criadas y a raíz de la cual sugiere que conserven dicha totalidad.

Por el otro lado, un episodio acontecido en la alcaldía de Le Mans en septiembre de 1931: las hermanas habían acudido para gestionar la emancipación de Léa, la menor de ellas. Dicho trámite queda inconcluso y Christine acusa al alcalde de perjudicarlas en lugar de defenderlas.

El 3 de febrero de 1931, dos años antes de la ejecución del crimen, Clémence escribe a sus hijas la primera de una serie de cartas pidiéndoles que vuelvan a dirigirse a ella y alertando: “… Hagan lo que crean mejor. Creemos tener amigos y frecuentemente son grandes enemigos, incluso aquellos que las rodean más de cerca”.

El 5 de marzo de 1931 escribe una segunda carta: “Son los celos de ustedes; hay celos sobre ustedes y sobre mí. No se dejen. Luchen hasta el último momento. Su patrona está bien al tanto. Se las ha desviado de su madre. ¡Váyanse! Ustedes no serán dueñas de sí mismas…”. Ese mismo año, unos meses después, Léa y Christine acuden a la alcaldía para hacer emancipar a Léa.

Ante la pregunta del alcalde: “¿Emanciparse de quién?” las hermanas no saben qué responder y mencionan un posible secuestro del cual necesitan protegerse. El alcalde las deriva a la comisaría central en la cual un comisario las encuentra absolutamente chifladas y alerta al Sr. Lancelin: “… Si yo estuviera en su lugar, no conservaría a esas muchachas. Son verdaderas perseguidas”.

Aún así, el Sr. Lancelin decide conservar la relación laboral con sus criadas. Una vez que confiesan haber cometido el asesinato, Léa y Christine son detenidas y colocadas, pese al pedido explícito de no ser separadas, en celdas diferentes. Las declaraciones de ambas en los interrogatorios eran exactamente idénticas. “Al leer sus declaraciones, uno tiene la sensación de ver doble”, dirá el comisario central.

A los pocos meses de ser encerradas, Christine inicia una serie de crisis que tendrán por objeto volver a ver Léa. Pide a gritos que le devuelvan a su hermana, muerde a todo aquel que se le acerca y debe ser maniatada por sus intentos permanentes de arrancarse los ojos como habría hecho aquella vez con los ojos de sus patronas. Una alucinación terrorífica se le impone: Léa colgando de un árbol con las piernas cortadas. Quiere arrancarse los ojos para evitarse esa visión. Una noche, en una crisis de sobreexcitación, una guardiana se sensibiliza con ella y le lleva a Léa para que la vea. Christine salta sobre Léa, la abraza fuertemente, la ahoga e intenta desnudarla pidiéndole: “Dime que sí… Dime que sí…”. Léa intenta escaparse y la guardiana vuelve a maniatar a Christine.

Esa fue la última vez que se vieron.

Christine nunca más volvería a pedir ver a su hermana. El famoso crimen de las hermanas Papin tendrá lugar poco tiempo después de que Lacan hubiere presentado su tesis De la psicosis paranoica. De allí la publicación de su artículo en la revista anteriormente mencionada. Las hermanas Papin fueron pensadas bajo la categoría clásica del delirio a dúo, la folie-à-deux, la locura de a dos: dos personas afectadas por la misma locura.

¿Cuáles son sus características? Debe darse el encuentro entre dos sujetos cuyo vínculo por lo general es muy estrecho (padre e hijo, madre e hija, hermanos y hermanas, como en el caso de las Papin) y que además conviven en un mismo ambiente durante un largo período de tiempo. En relación a esta observación, resulta llamativo el parecido físico de las hermanas.

El mecanismo propio de la locura de a dos es el siguiente: un sujeto activo, delirante, ejerce una influencia sobre un sujeto débil pasivo y le impone un delirio de carácter lo suficientemente verosímil como para que este último se apropie de él. La influencia de Christine sobre Léa parece evidente: Léa sigue los pasos de su hermana en el acto criminal desde el comienzo hasta el final.

El asesinato de la Sra. Lancelin y la Srta. Geneviève parece constituirse como un acto realizado para Léa: no encontramos ninguna referencia a una inestabilidad posterior.

Por el contrario, Christine sufre de crisis alucinatorias aterradoras y autoagresiones violentísimas poco tiempo después del pasaje al acto.

Ahora bien, ¿de dónde parte el delirio intelectual que Christine impone a Léa? Considero que el motor del crimen de las hermanas Papin se encuentra en otro delirio a dúo: el de Clémence y Christine, delirio en el cual es Clémence, la madre, quien efectivamente ejerce su influencia sobre Christine (sus cartas son una prueba indiscutible de los celos delirantes sobre sus hijas).

Pero no sólo eso sino que además es a raíz de esas cartas que se desencadena el episodio en la alcaldía como antecedente de las ideas persecutorias que llevarán, poco tiempo después, al pasaje al acto. Christine y Léa acudirán a le maire (“alcalde”, en francés) solicitando la emancipación de Léa. “¿De quién?”, preguntará el alcalde. Respuesta apresurada del lector: “la mère” (“la madre”, también en francés).

Sin embargo, ni Christine ni Léa pueden siquiera esbozar una respuesta a la pregunta. La emancipación de la madre quedará en el plano de lo indecible. De allí, la persecución y el acto profesado por Clémence: “ustedes no serán dueñas de sus actos”.

Lo súbito del asesinato otorga al crimen de las hermanas Papin un carácter enigmático y apasionante que aún conserva: nada de ello ha sido planeado ni premeditado con anticipación. “Decidimos sin decidir”, dirá Christine en un interrogatorio. Una vez en prisión, Christine se niega a comer, se niega a hablar y se niega a dormir en tanto y en cuanto no pueda volver a ver a su hermana. Por otra parte, expresa una creencia delirante: “Creo que en otra vida yo debería ser el marido de mi hermana”.

¿De dónde proviene esta afirmación? De acuerdo a lo trabajado en Comienzos de análisis, retomo la derivación freudiana de la paranoia de un deseo homosexual que se expresa a través de una negación enloquecida que hace reaccionar al sujeto con un delirio de persecución de esa clase.

En las puntualizaciones psicoanalíticas del Presidente Schreber, Freud dirá que las formas paranoicas pueden ubicarse como contradicciones de una frase: “Yo lo amo”. El delirio persecutorio proviene de la contradicción del verbo. En términos del crimen elaborado, la negación de dicha frase conlleva la lectura de esa última mirada que pudo delinear la Sra. Lancelin. “No soy yo quien la odia, es ella quien me odia. Por eso quiere matarme, así es que me apresuro a despacharlas antes de que ellas nos despachen a nosotras.”

El encarcelamiento y la separación de las hermanas revelan el verdadero objeto de interés para Christine: su hermana Léa. Objeto de su inducción, de su influencia, de su devoción y protección. Tal vez, si hubiese podido producirse esa emancipación, la separación habría recaído sobre las hermanas y ese crimen no se habría producido. O tal vez sí, no lo sabemos.

Dice Lacan parafraseando a Freud que es necesario que opere una reducción forzosa de la hostilidad primitiva hacia los hermanos para que se produzca la integración de las tensiones sociales, “exigencias sacrificiales que nunca más dejará de ejercer la sociedad sobre sus miembros (…) para llegar a una moralidad socialmente eficaz” .

La renuencia a dicha integración puede tener efectos devastadores en la subjetividad. Recuerdo las palabras de mi primer paciente del hospital Borda: “Quiero que venga mi hermano. No sé por qué lo quiero pero no puedo vivir sin él. Me mete ideas raras en la cabeza, sobre el trabajo y sobre el sexo. Me dice que me quiere matar porque nunca trabajé”.

En ese momento y sin saber muy bien por qué, pensaba que lo mejor era que el hermano no vaya a verlo. Cito a Lacan: “La pulsión agresiva, que se resuelve en el asesinato, aparece así como la afección que sirve de base a la psicosis. (…) tiene siempre la intencionalidad de un crimen, casi constantemente la de una venganza, a menudo el sentido de un castigo, es decir de una sanción emanada de los ideales sociales, y a veces, finalmente, se identifica con el acto acabado de la moralidad, tiene el alcance de una expiación (autocastigo).”

Para Léa, en términos de Lacan, “el delirio se evapora con la realización del acto” .

Christine, en cambio, pasará los últimos días de su vida rezando a Dios y pidiendo el castigo que merece. Recibirá de rodillas el veredicto que la condena a la guillotina y no formulará ningún pedido de apelación.

Léa será condenada a diez años de trabajos forzados en prisión, años en los que conservará una conducta ejemplar. Una vez libre, volverá a vivir a Nantes a la casa de su madre y junto a ella morirá a los 71 años de edad. Christine muere el 18 de mayo de 1937 en el manicomio de Rennes de una muerte a la que se condenó desde aquella última noche en que vio a Léa por última vez.

Las hermanas Papin siguen produciendo una enorme fascinación para el psicoanálisis entre otros discursos por la dificultad que sugiere surcar algo más allá de lo testimoniado. Finalmente, será la mismísima Christine quien sentenciará en su primera declaración: “Mi crimen es lo bastante grande para que yo diga lo que es”.

Texto completo (con referencias bilbiográficas) en https://www.academia.edu/40226852/Una_lectura_del_crimen_de_las_hermanas_Papin

joker-florencia-casabella-psicologa

Disculpen si me río

Hace unas semanas fui a ver Joker al cine y me tomó unos días decir algo de lo que la película me produjo. Leí un millón de interpretaciones y tuve intercambios con colegas, amigos, pacientes y de cada uno aparecía una idea diferente: fueron infaltables los comentarios acerca de la brillante actuación de Joaquin Phoenix, pero tampoco faltaron los guiños al cómic de Batman, reflexiones acerca de la crítica a la sociedad norteamericana y la fascinación por un villano extraordinario. Como escuché decir alguna vez a un cinéfilo, “una buena película de súperhéroes tiene que tener un gran villano”. Y el Joker es un villano por excelencia.

Siendo muy pequeña conocí el cinismo de su personaje cuando vi la película de Batman cuyo Guasón interpretaba Jack Nicholson. Recuerdo la fascinación que despertó en mi curiosa infancia el baile del villano con Vicki Vale en la cornisa de un edificio y la pregunta: “¿bailaste alguna vez con el diablo a la luz de la luna?”, tanto como la confirmación de esa idea que siempre había estado latente en mí: no me gustan los payasos. Sin haber visto el “IT” de Tommy Lee Wallace, sigue vigente el relato de una amiga de la infancia acerca de la escena del payaso en la alcantarilla y el escalofrío que esos agujeros y los globos me provocaban.

Es esa angustia expectante ante la evidencia de que algo va a ocurrir y la confirmación de que lo que sigue trasgrede los límites de lo sospechado y es aún más sangriento y más inesperado de lo imaginable. Y es que para los fanáticos de Batman y, en particular, para los seguidores del Guasón, no mueve la vara su historia al momento de empatizar con el personaje y aseverar que es el mejor villano del mundo del cómic.

La película nos muestra que el cinismo y la maldad del Joker son la esencia de Arthur y que la locura que desencadena el desamparo del Estado sólo da curso a esas cualidades que ya estaban latentes en él: “todo lo que tengo son pensamientos negativos”. Creo que son muchas las cosas que podrían decirse de la película, del cómic y del personaje, pero me interesa el tópico (no poco trabajado) de la enfermedad mental de Arthur Fleck y de la desprotección a la que son expuestas las personas que sufren un trastorno mental o tienen una discapacidad.

Algunas escenas incomodan al espectador.

La primera, aquella en el colectivo en que Arthur hace morisquetas para provocar la risa de un niño. El pequeño estalla en una carcajada con cada expresión del payaso de oficio, pero su madre no tarda en prohibirle interactuar con el extraño. “Deje de molestar a mi hijo”. Tensión ante la cual el espectador podrá sentir lástima hasta que rápidamente Arthur incurre en esa inquietante risa inmotivada que pone casi intencionalmente en suspenso cualquier sentimiento referido al personaje. La segunda, aquella en que el protagonista divaga en su cuaderno y escribe la frase: “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras”.

A partir de esta frase vinieron a mi memoria algunos recuerdos de mi práctica hospitalaria: un hombre, cadete de una armería de la Ciudad de Buenos Aires, camina por Av. Libertador rumbo a una entrega y enfrenta un cartel publicitario que reza: “Las Malvinas son argentinas”. Sin dudarlo, toma un arma y dispara contra el cartel. Lo que resta es sabido: hace más de treinta años que es paciente del Hospital Borda. Y dice, denotando una literalidad explícita: “No podía soportar que en el mismo cartel estuvieran la palabra ¨Argentina¨ y la palabra ¨mal¨…”.

Otro hombre deambula por la noche sin saber a dónde ir, atemorizado por las ¨voces¨ y los murmullos. No encuentra refugio que lo proteja y decide arbitrariamente abrir la puerta de un auto para esconderse, auto en el que se queda dormido. Lo que sigue también es sabido: lo despiertan las sirenas policiales y es trasladado a la guardia psiquiátrica.

Y es que habitualmente la locura desencarnada incomoda y, por más oscuro y negado que resulte, se suele tener el criterio del orden social para decir que un sujeto está loco. El comportamiento de aquel que tiene una enfermedad mental o una discapacidad es mucho más sancionado y observado, que el comportamiento de quien decididamente ignora y, en consecuencia, desprotege la locura y la discapacidad que la misma realidad produce.

La realidad es algo que se construye y que se tiene y que en tanto se tiene también se puede perder. Ahora bien ¿cuál es el estatuto de la realidad? La experiencia freudiana indica que tanto la neurosis como la psicosis como posiciones subjetivas son modos de estar en la realidad y, también, modos de retirarse de ella. Pero ¿de qué realidad se trata? La película ilustra de manera fantástica que la realidad (o al menos una porción importante de ella) es subjetiva y que, por lo tanto, una alucinación o un delirio pueden no coincidir con la percepción pero sí ser verdaderas.

Por último, la única escena de la película en la que, para contradecir cualquier empatía con la enfermedad del personaje y el maltrato del cual fue víctima, es el espectador quien debiera disculparse por su risa: aquella en que el enano compañero de trabajo de Arthur quiere salirse de un escenario sangriento y no alcanza a abrir la puerta. Dialogando con un escritor sobre la película, me hizo notar acerca de la contradicción de esa escena. Agradezco su observación porque pienso que esa escena da cuenta de la contradicción humana en el respeto por lo diferente.

Si te interesa saber más sobre psicosis y neurosis, te invito a seguir leyendo sobre psicopatologías y estructuras freudianas en

https://www.academia.edu/40799527/Psicopatolog%C3%ADa_y_Estructuras_Freudianas

bobby-fischer-patologia-asperberg

El “excéntrico” Bobby Fischer y el Asperger

Según una interesante analogía freudiana, un psicoanálisis podría pensarse del mismo modo en que se piensa una partida de ajedrez. Freud advertía acerca de que, en el análisis al igual que en el ajedrez, lo único que puede sistematizarse son los inicios y los finales. Pero resulta imposible sistematizar el medio juego en el ajedrez, del mismo modo en que no podría sistematizarse el desarrollo de un análisis.

Lacan dirá, mucho tiempo después, que podría compararse todo el desarrollo de un análisis al desarrollo de una partida de ajedrez. En ambos, al inicio hay un cierto número de significantes, piezas, que nosotros llamaremos elementos significantes. Sólo por una serie de movimientos fundados en la naturaleza de esas mismas piezas/significantes y teniendo en cuenta la posición de cada elemento, se sucede una progresiva reducción del número de significantes en juego. Se podría después de todo describir un análisis de ese modo: se trata de eliminar un número de significantes para que resten aquellas piezas/significantes fundantes que permitan apreciar la posición del sujeto en el tablero de la vida.

Para lo que sigue a continuación, bastó el apasionante relato que me hiciera un fanático del ajedrez acerca de la historia de Bobby Fischer, famoso ajedrecista y campeón mundial entre 1972 y 1975. Nacido en 1943, Bobby no fue un niño prodigio, al menos no a la manera de aquellos que en el ajedrez irrumpen cada tanto con una actuación descollante y sorprendente. Es más, su infancia transcurrió en absoluta precariedad y pobreza, de la que no solo nunca se ufanó para hacerla ver como un ejemplo de superación, sino que, por el contrario, lo avergonzó siempre.

Es interesante observar que muchas de las “excentricidades” y comportamientos que se le adjudicaban, hoy en día, con las nuevas perspectivas psicoanalíticas y también las múltiples y variadas autopsias psicológicas a las que ha sido sometida su historia, coinciden en encuadrar a Bobby bajo la forma del Síndrome de Asperger. Y son muchos los datos de la niñez de Bobby que a la luz de hoy nos darían un cuadro de interpretación distinto al que lo sentenció bajo el término “excéntrico”.

Y es que Bobby no era un simple amante y maestro del ajedrez, sino que el ajedrez constituía para él su único interés y obsesión. “El ajedrez no es como la vida, el ajedrez es la vida misma”. Así es como su historia está marcada por aquellas partidas y movimientos que, en ese tablero de 64 casilleros, denotaban su propia posición subjetiva. “Mi único deseo es jugar honestamente al ajedrez”, afirmó.

Hay una anécdota que describe su perspectiva al respecto; en una ocasión, siendo apenas un adolescente, se encontraba en Mar del Plata disputando el torneo anual de la ciudad, torneo muy prestigioso internacionalmente hasta entrados los 70 y, como siempre, fuera de la sala del torneo estaba solo y aislado. En una mesa donde cenaban un grupo de jugadores argentinos se apiadaron del joven y lo invitaron a integrarse con ellos. Oscar Panno, un famoso ajedrecista argentino, en tono paternalista, le aconsejó en un momento que debía volver al colegio que había abandonado. Bobby, muy serio, le respondió: “No, no…. para qué voy a ir al colegio, hay que levantarse temprano y además se gana muy poca plata con eso”. Panno insistió, “Pero no Bobby, debes estar informado de lo que sucede en el mundo. No puede ser que no sepas quién fue Napoleón”. Bobby se quedó mirando sorprendido y, sin ironía alguna y con total ingenuidad, contestó: “Napoleón, Napoleón, la verdad que no lo conozco. ¿Qué torneo ganó?”.

Para el desarrollo del juego, Bobby no tenía grises: perseguía la victoria tanto como prefería la derrota antes que el empate porque, en el ajedrez, el empate implica un acuerdo de partes y esa aceptación de “paz” y “arreglo” entre partes y egos le resultaban intolerables. Como manifestó alguna vez su gran rival, Borís Spassky: “Sabes que cuando enfrentas a Bobby, deberás luchar hasta que los reyes queden desnudos”. En 1972 se produjo lo que se denominó “el encuentro del siglo”: en un mundo en que el ajedrez se había constituido como la máxima expresión artística y cultural del nuevo universo soviético, Bobby Fischer se enfrenta a Spassky, en aquel entonces campeón mundial. En plena “guerra fría”, la sociedad americana rápidamente adoptó a Bobby como su “caballo de batalla”, alcanzando Fischer una popularidad universal comparable a la de cualquier figura máxima del deporte contemporáneo.

Llegado el match con Spassky, las “excentricidades” de Fischer alcanzaron su máximo esplendor, exigía una sala de juego con condiciones pre-establecidas, una luz determinada, un tablero determinado, unas piezas con un peso determinado, un jugador de tenis para él practicar en el momento y la hora que deseara, una bolsa de premio impensada para cualquier deporte en esa época, la ausencia de periodistas, etc…. Es decir que acumuló un montón de resentimientos a su alrededor que solo le toleraron durante la “batalla”. Cuando comenzó el match ante Spassky (contra quien Bobby nunca había triunfado, solo conociendo empates y derrotas) en la primera partida perdió solo para evitar un empate.

Disconforme, no se presentó al segundo encuentro y casi que amenazó con dejar la contienda. Ante esa circunstancia, el Presidente Nixon encomendó a su famoso Secretario de Estado Henry Kissinger la tarea de convencer y casi obligar a Fischer a reanudar la lucha. Como corolario de la comunicación telefónica, para persuadirlo le manifestó que en juego no estaba un título de ajedrez, si no la defensa del presente y futuro del “american way of life”.
Convencido, Bobby volvió a la lucha y el resultado final es sabido: Fischer obtuvo una victoria final tan aplastante como humillante. El mundo soviético recibió un golpe letal en su orgullo y a no dudarlo que también contribuyó a socavar internamente el régimen.

Sin embargo, lejos de identificarse con una posición nacionalista, Bobby fue destratado y desconsiderado luego de aquella victoria, llegando a estar preso en Estados Unidos hasta manifestar, en el año 2001, su satisfacción por la caída de las torres gemelas, perdiendo definitivamente su nacionalidad.
Así es como Bobby muere en Islandia, desterrado de Estados Unidos. Un final de juego que describe su propia posición: su único interés y obsesión era ser campeón mundial de ajedrez jugando honestamente y, aquel país que lo vio triunfar, guarda sus restos en una sencilla tumba, en el cercano y pequeño pueblo costero llamado Selfoss.

amor-de-hermanos-declaracion-de-odio

El amor de hermanos y la declaración del odio

Esta semana escuché algunos relatos sobre el impacto de la llegada de un hermano a la vida de un niño que me hicieron pensar algunas cosas en relación al odio. Creo que se dice mucho de las declaraciones amorosas y en cómo después de una declaración de amor algunas cosas no vuelven a ser las mismas (especialmente para el amante); también se puede declarar la guerra, pero una declaración de guerra nada tiene que ver con la declaración del odio.

El odio es un sentimiento que suele contraponerse al amor pero no creo que se defina por ser su opuesto. Además, el odio es un sentimiento que tiene mala prensa. Difícilmente un adulto le diga a otro “te odio” (aunque lo sepa) y, en esa línea, pensaba en cómo se moraliza la llegada de un hermano con comentarios que insinúan que a los hermanos hay que quererlos, cuidarlos y aceptarlos desde el primer momento, como si un vínculo nuevo no necesitara de tiempo para formarse.

Un niño de tres años se muestra indiferente ante la llegada de su hermano, hasta que el más pequeño comienza a hacerse notar e irrumpe en sus juegos, alterando las reglas y el orden. Ante estas escenas, el pequeño mayor llora y dice “Quiero que se vaya ya mismo de esta casa. No quiero verlo nunca más”. Otro niño de cuatro años se alegra al saber que su hermana recién nacida va a asistir al mismo jardín maternal que asistió él siendo un bebé. Sonriente le dice a su madre “¡Ay! Va a aprender las mismas cosas que yo aprendí, a hacerse amigos, nuevas canciones…” y ante el entusiasmo de su progenitora advierte “Pero los bebés también se mueren, mamá”.

Considero que estas pequeñas piezas de la infancia muestran una cara de lo fraterno que, cuando puede ser dicha, da curso a sentimientos de celos y de hostilidad, que son constitutivos de la rivalidad y la agresión, fundantes del prójimo. Por el contrario, cuando se reprime y sanciona, produce inhibiciones en el encuentro con el semejante (aquel que es capaz de ocupar el mismo lugar que el sujeto) y transforma al otro en una amenaza al narcisismo.

¿Qué hay de lo fraterno en la clínica psicoanalítica? En “Tótem y Tabú”, Freud se refiere a la unión entre los hermanos como la primera forma de organización social de la cual surgen la moral y el derecho y la institución de la familia. Lacan, por su parte, en su texto “La familia”, refiere a la llegada del hermano como aquel “semejante” que despertará celos y una agresión primordial que en nada se parecen al mandato del amor fraterno.

A modo de observación, llama la atención el alivio que produce al niño saber que al hermano no sólo no tiene obligación de amarlo, sino que, además, también, puede odiarlo.